Coaching para familias ¿CÓMO TE RELACIONAS CON TUS EMOCIONES?

Las emociones actúan como mensajeros de información sobre cómo nos encontramos. Si somos capaces de interpretar bien esta información, seremos capaces de procesar mecanismos más complejos que nos ayuden a tomar decisiones y a relacionarnos mejor con los demás.

Destapando las emociones

Tantas décadas atendiendo a las creencias sobre no dejarse llevar por las emociones y recibiendo mensajes, incluso dentro de la familia, del tipo “en esta vida hay que ser duro, no está bien que sepan cómo estás”, han facilitado que muchos padres tengan dificultades para expresar sus emociones con sus hijos, con su propia pareja…

No podemos pedir que nuestros hijos aprendan a contarnos sus preocupaciones o sus miedos. ¡Estamos tapando emociones que estallarán cuando menos lo esperemos! Y es posible que esto mismo ya haya ocurrido. Es probable que hayamos sufrido alguna crisis en pareja o en el trabajo, no por falta de comunicación, sino por dificultad a la hora de interpretar los mensajes y la emoción que nos produce esta situación.

Al menos se está produciendo un cambio alentador, y es que cada vez estamos más receptivos a conocer nuestro mundo emocional.

Si no hemos sido entrenados en la expresión de emociones es normal que cueste “sentirse expuesto” y expresar lo que sentimos. Hemos aprendido a protegernos desde lo racional, pero ¿qué tal estaría emplear nuestro aprendizaje racional combinado con una buena gestión de emociones? Parece complicado, pero la buena noticia es que se puede ejercitar, siempre que estemos dispuestos a mejorar en nuestra forma de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás.

Conocer lo que sentimos

Las emociones básicas nos vienen acompañando desde el nacimiento, como emociones opuestas: rabia y miedo/alegría y quietud. Pensemos, por ejemplo, en la seguridad y alegría que siente un bebé cuando su madre le alimenta o le acaricia, frente al miedo y la rabia de no sentirse atendido o protegido. La forma de expresión viene ligada al temperamento y el temperamento contiene una carga genética, más otra que se irá moldeando por factores ambientales, o externos.

La conquista de la gestión de emociones, por lo tanto, tendrá relación con el mayor o menor conocimiento de cómo nos influye su cadena de activación en tres niveles: a nivel cerebral, o pensamiento, nivel emocional (y aquello que nos hace sentir), más a nivel conductual: la decisión que tomamos para actuar de determinada manera y adaptarnos a la situación.

Si nos enfada ver cómo, por ejemplo, nuestro hijo no nos hace ningún caso cuando le pedimos que recoja su habitación, la emoción del enfado nos podrá hacer sentir indefensos y ante esa lucha de poder, podremos actuar de diferentes maneras: gritar, castigarle, abandonar la situación…y esta reacción afectará de igual modo a nuestro hijo. Él sentirá miedo, enfado y esta emoción activará una nueva cadena de conducta en él, desde la relación entre emoción sentimiento- conducta.

Cambiar de estrategia

Este ejemplo supone conocer qué cosas nos enfadan, qué sentimos al estar enfadados y cómo reaccionamos ante esto. “Si reconocemos la emoción que estamos sintiendo, es posible modificar el resultado.”

Tan solo expresando esta emoción ya contamos con una primera toma de conciencia sobre nuestro estado y con qué nos conecta. Podemos ir más allá y verbalizar en un nivel de comunicación más profundo cómo nos sentimos cuando tenemos esa emoción: “cuando te pido que recojas y no me haces caso, me enfado, me siento ignorado/a y eso hace que te grite”. Esta declaración de emociones, provocará un cambio en quien lo recibe, ya que estamos facilitando que conecte con nosotros y tome parte en la búsqueda de alternativas para que no se cumpla esa acción (ya que no es agradable para ninguno de los dos). Ambos conseguiréis llegar a acuerdos para cambiar esa situación.

Podemos imaginar cómo mejorará nuestra relación de pareja, amigos o en el trabajo. Es normal si no se consigue el efecto deseado a la primera. Es cuestión de entrenamiento y práctica. Y al igual que aprendimos a no expresar, ahora es el momento de aprender a hacerlo de forma adecuada.