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LA RESPONSABILIDAD DE GENERAR UN BUEN VÍNCULO

No hace tantos años que venimos reconociendo universalmente que los niños tienen sus propios derechos , con sus necesidades emocionales, sus etapas evolutivas de aprendizaje y su temperamento, que les hace personas individuales, únicas y valiosas.

Por suerte, gracias a estos factores,a no solo tenemos mucho ganado en la forma en que queremos crear una sociedad arropada en valores humanos y de solidaridad. Tenemos información suficiente como para saber que la infancia es una etapa única, con un gran valor activo que debemos cuidar.

La infancia es la etapa de la vida, de cualquier vida, en la que suceden tantos engranajes, y tan intensos, que de cada experiencia se genera un aprendizaje vinculado a una emoción -la parte racional es la menos desarrollada en el cerebro infantil, y sí lo es la primitiva y emocional- que podrá permanecer para toda la vida.

Y entonces, ¿cómo asumir lo mejor posible nuestra responsabilidad como madre, padre o cuidador/a, y hasta dónde llega esta responsabilidad?.

La respuesta está basada en lo más esencial: desde la conciencia de que los niños y niñas tienen unas necesidades que han de ser atendidas, brindando a su vez protección, cuidados, educación y socialización necesarias para que se desarrollen como personas sanas, empáticas y solidarias.

Y esto sólo por hablar desde su nacimiento, ya que antes de nacer también merecen ser atendidos y cuidados, a través del cuidado físico y emocional de la madre, y su conexión extrasensorial con su bebé que está por nacer.

Para el caso, ya sea desde el embarazo o la vía en la que llegue un niño a nuestras vidas, tenemos la responsabilidad de generar un vínculo positivo.

Este vínculo debe basarse en 4 “caras” de cualquier relación de apego seguro:

  1. El afecto: facilitador de un modelo educativo nutritivo y bientratante.
  2. La comunicación: de escucha mutua, respeto y empatía dentro de un ambiente acogedor, y con la Ley de Jerarquía sistémica que recuerda quién debe poner las normas.
  3. El control: los niños necesitan ayuda de los adultos para orientarse, modular sus impulsos, emociones y deseos, y relacionarse así mejor con ellos mismos y con el entorno.
  4. El acompañamiento y motivación en su desarrollo: mediante el refuerzo ante nuevos retos y logros alcanzados, y un modelo adecuado de adultos de referencia que no descalifica ni etiqueta, sino que estimula hacia nuevos aprendizajes.

La calidad de la relación en esos primeros años de vida favorecerá una adolescencia y paso a la edad adulta con un buen grado de madurez, comprometiéndose con una relación de confianza entre padres/ cuidadores e hijos.

Y durante estos desafíos de una paren-marentalidad positiva, disfrutaremos del gran regalo de la vida: recibir la sensación de querer y ser querido desde el amor incondicional más puro, aún con sus dificultades en el camino. Porque nadie dijo que fuera fácil… pero hay que ponerle el mejor de nuestro empeño.

Es cierto que hay padres, o madres, o cuidadores, que lo tienen más difícil: su infancia está sembrada de dificultades y pocos recuerdos de muestras de afecto o apoyo incondicional. O que les cuesta desarrollar esas habilidades necesarias para relacionarse con sus hijos o bebés de una manera sana y segura, tal y como necesita ser cuidada la infancia. Entonces no deben asumir esta parte en una etapa de tanta responsabilidad, y dejarlo pasar. Nada de conformismos para justificar sus carencias. Habrá que trabajar desde la parte personal de los adultos para ofrecer una calidad en sus relaciones, y permitir que sus hijos no sean víctimas de una mala herencia generacional.

“Romper barreras. Tender puentes”. De eso se trata crear un buen vínculo.

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