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PALABRAS CON VALOR

El ser humano se define como “ser evolucionado” por varias de sus cualidades. Y la más destacada es su capacidad de comunicarse a través de la palabra.

La palabra, y sus múltiples dimensiones, nos permite entrar en sintonía con otras personas. También puede hacer que rompa un vínculo, o que impida generar una relación de rapport o confianza si no se escucha el valor que a cada persona le aportan sus palabras.

Por eso que tanto en la relación con amigos, familia, pareja, con nuestros hijos, y de forma especial: con nuestros clientes y personas a quienes acompañamos en un proceso personal e íntimo, debemos conocer el arte de emplear las palabras que abren relaciones de confianza. Y ese arte es, nada más y nada menos importante que saber escuchar el lenguaje del cuerpo y la voz para conocer la experiencia que hay detrás de las palabras.

¿Qué hay detrás de las palabras?

Las palabras en sí mismas son huecas, carecen de sentido. Es la experiencia con la que vivimos la que le da el valor al mensaje que emitimos, y repercute fisiológica, cognitiva y emocionalmente en la persona que lo recibe, según su propia experiencia con las palabras utilizadas. De ahí, nace una respuesta.

Esa respuesta es la reacción que ha creado la conexión entre la experiencia y la palabra. Así lo tenemos archivado en nuestra memoria. Este recorrido es todo un proceso de aprendizaje, con sus recompensas e inhibiciones.

Recuerdo a un adolescente a quien atendí junto con su familia en un proceso de Coaching familiar, a quien, al leerles a todos un relato sobre un guerrero que avivaba “la llama de la confianza” para mantenerse vivo, él rechazó la idea de la metáfora para seguir avanzando en el objetivo familiar de mejorar la comunicación familiar. Me faltó observar su reacción, echando su cuerpo hacia atrás, cruzando los brazos y apretando los labios para darme cuenta que había algo en la palabra “confianza” que le provocaba rechazo. Sin embargo, el resto de la familia, sus padres y su hermano, sonreían imaginando su propia “llama familiar de confianza”.

Lo que le ocurría a este chico es que, por su experiencia, había perdido la confianza en sentirse protegido por sus padres por experiencias vividas como negativas para él, con discusiones cada vez que él trataba de contarles sus problemas o cosas que había hecho. Había perdido la fé en tener confianza con sus padres para evitar así el castigo, y volver a ser “la oveja negra”. Aunque esa etiqueta seguía alimentada por su conducta esquiva y actitud “pasota” con ellos.

Tuve que recordarles a todos el espacio libre de juicios que habíamos creado en las sesiones, y hacer que recordasen las cualidades que veían en cada uno de ellos. Cuando este chico escuchó las palabras en positivo de su familia hacia él… todo cambió. Su experiencia se volvió positiva porque recordó su aceptación en su propia familia, su reconocimiento como una persona valiosa y única. Recibir esas palabras le hicieron vibrar, y giró su cuerpo hacia ellos, dejó de encogerse para recibir todas aquéllas palabras con los brazos abiertos.

 

La palabra puede ser la llave de una nueva relación. Basta con empatizar con la persona que tienes delante, y abrir el recurso de la palabra que le da sentido a su experiencia.

Así como vamos creciendo, vamos acompañando palabras con valor.

Si, por ejemplo, en la palabra “confianza” generamos experiencias positivas, la confianza será maravillosa. De lo contrario, el cuerpo se contrae y “confianza” supondrá inseguridad, miedo, rechazo…

Te propongo un ejercicio muy sencillo que puedes empezar a practicar cuando quieras y que te ayudará a fortalecer el vínculo con las personas que quieres.

-Primero reflexiona y haz una lista:

  • ¿Cuáles son para ti las palabras en mayúscula de la vida?
  • ¿Qué experiencias tienes de ellas?
  • ¿Cómo se las quieres transmitir a los demás?

Ofréceles una relación con experiencias que lo simbolicen.

¡Feliz experiencia!

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