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¿PARA QUÉ INCLUIR A LA FAMILIA EN LA EDUCACIÓN?

El hombre ha sobrevivido y evolucionado gracias a no vivir solo. Desde las primeras manifestaciones del hombre primitivo se conoce que se ha organizado una sociedad en torno a un clan, hombres y mujeres se unían en grupos para realizar tareas de supervivencia y cuidado tanto entre adultos como en el cuidado de los más pequeños de la tribu.

Y así, según nuestra especie ha ido evolucionando, lo ha hecho también nuestra manera de vivir en sociedad; siempre en torno a una red de protección y relaciones, unidas por el afecto y el parentesco.

Hoy en día hay muchos tipos de familia, y la familia tradicional formada por padre, madre e hijos en una misma convivencia es una más de los tipos de familia que formamos.

Cuando nuestros hijos van a la escuela también están creando una red de apoyo.

Sus compañeros de clase, el resto de niños, los profesores y todos los adultos que en la institución interactúan con ellos. Por eso que no solo van a aprender materias. Las relaciones que allí se crean, mas la calidad de éstas forman un conglomerado de conexiones en su forma de sentir y de adquirir experiencias que les darán las claves para vivir en sociedad y para seguir formando su propia autoestima. Si un niño se siente protegido y querido estará más predispuesto a aprender y a tener su atención a punto para el aprendizaje de cualquier estímulo.

Así lo entienden también alumnos y alumnas de carreras universitarias que tienen que ver con la docencia. Desde la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) se realiza el Máster de Psicopedagogía en el que fui invitada la pasada semana para hablar del modelo sistémico en la atención a familias. Conocer sus claves es ayudar a encontrar herramientas en el aula. Y el alumnado de este Máster muestra interés por  saber cómo conectar mejor con sus alumnos/as desde un plano más emocional, empático y objetivo, que la mera conducta y su juicio subjetivo, estigmatizador, y poco facilitador del cambio como consecuencia.

Agradecida por la invitación de Rafael Guerrero Tomás  (profesor del Máster) para acceder al aula, aplaudo el interés mostrado por las alumnas y alumnos de este Máster por integrar a la familia en su labor educativa con sus alumnos en el aula. Y es que familia-alumno-docente van de la mano para crear una educación de calidad, en pro del bienestar más allá del niño. Yo diría que de toda una sociedad.

Dijo DELORS (1996) para un informe de la UNESCO de la Comisión internacional sobre la educación para el Siglo XXI, que los docentes deben cumplir la la transmisión de información a dos niveles: Cuantitativa y Cualitativa. Y deben estar preparados para una educación del Siglo XXI en la que se enseñe a:

  • Aprender a conocer
  • Aprender a hacer
  • Aprender a SER
  • Aprender a convivir juntos

¿Acaso no coincide con la misión que tenemos padres y madres en la educación de nuestros hijos e hijas? Todos somos educadores. Por lo tanto, motivémonos para aprender, hagámoslo lo mejor que seamos capaces. Y mejor juntos.

Todas las familias, así como cualquier sistema, busca la manera de vivir en equilibrio. Aunque sea desde la disfunción, los gritos y los chantajes. Ese es el equilibrio que ayuda a sobrevivir, otorgando a cada familia y a cada sistema (como cada profesor en sus clases) unos valores, unas costumbres y en definitiva: una identidad común que nos haga sentir parte de ella.

No siempre la manera en que creamos las leyes de ese equilibrio son las más adecuadas para un desarrollo sano de nuestras emociones, de por ende de nuestro desarrollo vital. Y por supuesto aquí queda incluido la manera en que aprendemos. Es que incluso es posible que de nuestra experiencia y nuestro sentir, aprendamos a no querer aprender. Y es siempre una decisión de protección.

El ser humano tuvo que aprender a protegerse para sobrevivir…

Por eso que desde el mensaje que quise llevar a estos alumnos está basado en el tipo de relación que establecemos con nuestros alumnos y alumnas, ¿tenemos en cuenta sus emociones, sus heridas, sus defensas? Todo lo que podamos ver en su conducta son reflejos de un mundo emocional e interior (nuestro lado más privado) que en ocasiones está dañado.

Cada niño puede actuar de forma distinta ante una situación, porque no todos absorbemos la información del exterior igual, ni sentimos igual ante los mismos hechos. Cada uno tiene su propia sensibilidad. A veces los adultos nos olvidamos de esto.

¿Qué lugar ocupamos dentro de nuestra familia? Puede que sea un lugar que nos adjudicaron, por recibir una etiqueta pegada como un chicle a la suela de un zapato y que ya es difícil que no deje marca. O es posible que nos hayan permitido expresar nuestra propia identidad y sí nos reconozcamos en nuestros actos y nuestras relaciones.

A su vez, cada niño se expresa desde el lugar que ocupa tanto en la familia como en la clase. Y a veces tanto humo de los síntomas de su fuego, de su dolor, no nos deje ver de dónde nace la llama que le hace actuar de esta forma que nos llega a molestar, nos preocupa o no entendemos…

¡Imagino el malestar, la preocupación y la incomprensión del niño sobre sus propias reacciones!

Educar es acompañar. Educar tiene que ver con conocer las cualidades de cada niño y apoyarle en sus dificultades. Escuchar sin juicios. Preguntar sin esperar una respuesta correcta, para saber desde donde podemos colaborar juntos. Educar es dar alas para no vivir encarcelado. Educar es aprender que cada día alguien nos enseña algo nuevo sobre nosotros mismos, a la vez que acompañamos en ese mismo aprendizaje a alguien más. Es un acto generoso cuyo valor se revierte en beneficios exponencialmente compartidos.

Porque “lo que afecta a uno, afecta al resto”

Sigamos aprendiendo a reconocer-nos desde un buen vínculo emocional desde la infancia, ya que los recuerdos emocionales que se graben en nuestra memoria, serán los que gobiernen muchas de nuestras elecciones a lo largo de nuestra vida.

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