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PEQUEÑOS MAESTROS: Escenas Para Reflexionar

“Liberar la culpa es no transferir”

La sensación de culpa tiene una particular intensidad; se contagia y crece como una bola de nieve que va desde tu interior hacia afuera, pudiendo atrapar como si de una tela de araña se tratase las emociones que envuelven tu relación con los demás.

En la sociedad en la que vivimos (y en ocasiones sobrevivimos) no es difícil que una madre, un padre, sienta ese sentimiento de culpa sobre cómo está llegando, o sobre cómo no está llegando, en la relación con sus hijos. La autoexigencia marcada desde las responsabilidades que se asumen como tareas imprescindibles hace un efecto doble en el ritmo con el que se asumen y a la vez el poder asumir aún más. Y más, y más… y al final incluso se asumen tareas que no pertenecen, que son de otros, y se llega de una manera fácil y casi inconsciente a la sobreprotección.

¿Qué hay peor que la culpa? Sus consecuencias, como la sobreprotección.

Las emociones de todo esto que a uno le va ocurriendo a diario, a golpe de decisiones por inercia, por un papel autoadjudicado de no pedir ayuda (nos olvidamos de educar en tribu) nos dejan en desequilibrio; el desequilibrio provoca bloqueos que impiden sentirse al 100% de energía y capacidades propias. Y las emociones se sienten con intensidad en sus manifestaciones más opresoras: tristeza, rabia, miedo… Así, las emociones se contagian y en las relaciones se percibe. Más cuando se es figura de referencia, cuando hay que tomar las riendas de cómo se quiere poner límites, cómo se quiere acompañar, cómo se quiere compartir en el día a día con los hijos, que aprenden de lo que miran con esos ojos atentos y con especial memoria.

¿Lo peor? Que puede que los niños aprovechen ese sentir culpa para sacar un beneficio aparente, pero que les perjudica al no sentir límites,o que absorban la culpa desde ese lado del miedo, enfado y tristeza, mimetizados por la energía de cada conversación y cada gesto. Y esto, en cualquiera de los dos casos, provoca conflictos: familiares y personales.

La culpa es el árbol que no deja ver el bosque, pero hay una buena noticia

¿Lo mejor? Que es bueno, muy bueno, mirarse al espejo que regalan los niños para volver a tomar rumbo.

¡No estamos solos!

 

 

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